martes, 15 de septiembre de 2026

EL JAZZ DE LA FÍSICA, por STEPHON ALEXANDER

  

EL JAZZ DE LA FÍSICA, por STEPHON ALEXANDER



La improvisación como principio del universo: una lectura de El jazz de la física, de Stephon Alexander

Introducción

El jazz de la física. El vínculo secreto entre la música y la estructura del universo (título original: The Jazz of Physics, Basic Books, 2016) es uno de esos libros que nacen de una obsesión doble y se niegan a elegir entre ambas. Stephon Alexander, físico teórico y saxofonista, se propuso tender un puente entre dos mundos que la cultura académica insiste en mantener separados: la improvisación del jazz y las leyes fundamentales del cosmos. El resultado no es un manual de divulgación al uso, ni tampoco una autobiografía musical que usa la física como excusa. Es algo más raro: un intento genuino de pensar la creatividad como un principio físico, de encontrar en la estructura del universo la misma lógica que opera cuando un saxofonista decide, en medio de un solo, qué nota vendrá después.
El libro llegó en un momento en que la divulgación científica estaba dominada por dos tendencias: la explicación aséptica de conceptos complejos y la narración personal del científico como héroe intelectual. Alexander hace algo distinto. Parte de su propia experiencia —un chico negro de un barrio obrero que aprende saxofón antes de aprender relatividad— y desde ahí construye una analogía que no es meramente retórica, sino estructural. La improvisación, sostiene, no es un adorno del jazz: es el mecanismo mismo por el que el universo genera novedad. Y la física, en sus momentos más fecundos, opera del mismo modo.

Sobre el autor: el saxofón antes que la ecuación

Stephon Alexander creció en un entorno donde la ciencia no era una posibilidad evidente. En el libro recuerda la visita de un astronauta a su colegio, alguien que venía del mismo barrio, con el mismo acento, la misma piel. «Vengo del mismo entorno que todos vosotros, y si yo pudo hacerlo, vosotros también», les dijo. Alexander no olvidó esa escena. No porque fuera un discurso motivacional, sino porque demostraba algo que la cultura académica tiende a ocultar: que la ciencia no es un territorio reservado a quienes nacieron cerca de una universidad prestigiosa.
Su formación musical precedió a la científica. Aprendió saxofón, se sumergió en el bebop, en Charlie Parker, en las armonías cerradas del jazz clásico. Y luego descubrió a Ornette Coleman, el hombre que rompió con todo eso. Ese encuentro, que Alexander describe como una revelación, marcaría para siempre su manera de entender la física. Ornette no improvisaba sobre una progresión de acordes preestablecida: improvisaba desde la nada, desde el riesgo, desde la decisión de no repetir lo que la tradición dictaba. Alexander encontró en esa libertad un modelo para su propio trabajo como teórico: la posibilidad de apartarse del rebaño, de manipular «mundos teóricos virtuales del mismo modo que Ornette cambió las pautas melódicas constreñidas por la armonía occidental en aras de la búsqueda y expresión de nuevas ideas sonoras».
Su carrera académica lo llevó al Imperial College de Londres, donde trabajó como posdoctorado en el grupo de gravedad cuántica. Allí conoció a Lee Smolin, uno de los físicos más heterodoxos de su generación. El libro evoca esa época con detalle: el apartamento de West Kensington donde se celebraba el cóctel anual de gravedad cuántica, los cafés compartidos, las caminatas bajo la llovizna hasta la oficina de correos para enviar el manuscrito de Three Roads to Quantum Gravity. No son anécdotas decorativas. Son la prueba de que la física se hace en cuerpos concretos, en conversaciones concretas, en personas que dudan y se entusiasman y se equivocan.

Análisis y contenido: dos improvisaciones que se buscan

La estructura del libro alterna tres registros que Alexander entrelaza sin jerarquía rígida: la memoria personal, la explicación física y el análisis musical. No se trata de capítulos que se turnan mecánicamente, sino de hilos que se cruzan, se separan y vuelven a encontrarse, como en una improvisación de jazz donde el tema desaparece y reaparece transformado.
El eje conceptual más sólido del libro es la analogía entre la improvisación musical y la formulación de integral de caminos de Richard Feynman. Alexander lo explica con una claridad notable: en la mecánica cuántica, una partícula no sigue una única trayectoria entre dos puntos, sino todas las trayectorias posibles simultáneamente. Del mismo modo, un improvisador de jazz no elige una nota entre opciones fijas, sino que mantiene abiertas todas las posibilidades hasta que una de ellas se impone. La cita del saxofonista Mark Turner que Alexander recoge es, en este sentido, luminosa: «Cuando estoy en medio de un solo, cuanto más seguro estoy de la siguiente nota que tengo que tocar, más posibilidades se abren a las notas que siguen». Y el recíproco: «cuanto más dudaba de la siguiente elección, menos posibilidades se le abrían». Alexander reconoce que esa frase le habría beneficiado «haberlo oído mucho antes». Se le puso «una sonrisa de oreja a oreja en la cara».
Esa intuición —que la certeza parcial no cierra el futuro sino que lo multiplica— es también, argumenta Alexander, el principio de la cosmología cíclica que él mismo investiga. En su modelo, el universo no nace de una singularidad (el Big Bang como punto cero), sino que experimenta una sucesión de contracciones y expansiones. «No hubo ningún comienzo. No hay ninguna singularidad, y el tiempo siempre ha existido. Éste es el tono más puro que puede tocar el universo. El tono mismo es la oscilación a la escala del universo entero». La imagen es hermosa y precisa: el cosmos como una nota sostenida, una vibración que no tiene principio ni fin, solo transformaciones.
Otro de los pasajes más logrados del libro es la explicación del modelo de Ising del magnetismo. Alexander lo presenta no como una abstracción matemática, sino como una metáfora de la emergencia: átomos individuales que, al alinearse, generan un campo magnético que ninguno de ellos posee por separado. «Si todos los átomos tienen el mismo espín, generarán un campo magnético neto», explica. Pero añade algo crucial: «Esto es improbable que ocurra en circunstancias normales, porque a temperatura ambiente los átomos están lo bastante agitados para que sus espines oscilen de un valor a otro aleatoriamente». La analogía con una sección de vientos en una big band es casi inevitable: cada músico tiene su voz, su sonido, su signatura, pero cuando todos convergen en la misma dirección, emerge algo que los supera. «Ornette Coleman y Charlie Parker tocan los dos el saxo alto, pero cada uno tiene su propio sonido o signatura, una cualidad tonal y una sonoridad distintivas, el modo en que las notas se desdoblan y se sitúan rítmicamente».
El tratamiento de la simetría es otro de los hilos conductores. Alexander la presenta como el principio organizativo tanto de la música como de la física: «Como un principio de simetría, todos los elementos de la música están al mismo nivel». No hay notas privilegiadas, no hay acordes que manden sobre otros. Del mismo modo, en la física fundamental, las leyes de simetría determinan qué interacciones son posibles y cuáles están prohibidas. La ruptura de simetría —cuando un sistema simétrico elige espontáneamente una dirección— es el momento en que aparece la novedad, tanto en una improvisación que se desvía del tema como en un universo que transiciona de una fase a otra.
El estilo de Alexander es conversacional sin ser descuidado. Usa la primera persona con naturalidad, no como coquetería autobiográfica, sino como herramienta pedagógica: necesita que el lector sepa quién le habla, desde dónde, con qué dudas. Cuando describe su encuentro con las ecuaciones del campo gravitatorio de Einstein, no las presenta como un objeto frío, sino como un instrumento que se domina con práctica: «Ahora podía recrearme en las ecuaciones del campo gravitatorio de Einstein, igual que hacía con mi saxo cada vez que conseguía dominar una nueva escala. Era un cosmólogo jugando con el universo, con el espacio y el tiempo, y la materia que contiene». Esa frase —«jugando con el universo»— resume la ética del libro: la ciencia como juego serio, como exploración gozosa, no como acumulación de certezas.
Hay también un pasaje que revela la dimensión más íntima del proyecto. Alexander recuerda cómo su encuentro inicial con Ornette Coleman «encendió una revolución» en su relación con la física teórica. «Me sentí libre y confiado para apartarme del rebaño», escribe. Y añade: «Era consciente de que muchas, si no la mayoría, de las proposiciones científicas especulativas de cosecha propia estarían equivocadas, pero quizás una o dos podrían representar un avance en mi campo». Esa honestidad —reconocer que la mayoría de las intuiciones creativas fracasan— es lo que distingue el libro de la divulgación triunfalista. La improvisación no garantiza el acierto. Garantiza la posibilidad de que algo nuevo ocurra.

Interpretación: la creatividad como ley física

Bajo la superficie de las analogías entre jazz y cosmología, El jazz de la física esconde una tesis filosófica más ambiciosa: que la improvisación no es una actividad exclusivamente humana, sino un principio operativo del universo mismo. En las últimas páginas, Alexander lo formula con una audacia que roza lo metafísico: «Si, como he argumentado, una de las funciones fundamentales del universo es improvisar su propia estructura, puede que Coltrane esté haciendo lo mismo al improvisar sus solos. Y lo que hizo el universo fue crear una estructura que llegaría a conocer el universo mismo».
Es una frase que puede leerse de dos maneras. La primera, más literal, sugiere que las leyes físicas operan mediante un proceso análogo a la improvisación: el universo no sigue un guion predeterminado, sino que genera su propia estructura en tiempo real, respondiendo a sus propias condiciones. La segunda, más poética, propone que la conciencia humana —esa «estructura que llegaría a conocer el universo mismo»— es el punto en que el cosmos se vuelve reflexivo, en que la improvisación se observa a sí misma.
Conviene señalar que esta segunda lectura no es un hecho científico, sino una interpretación filosófica que Alexander propone y que el lector puede aceptar o no. Lo que sí es verificable es el núcleo de su argumento físico: que la mecánica cuántica, la teoría de campos y la cosmología cíclica comparten una estructura formal con la improvisación musical. No es una metáfora vacía. Hay una correspondencia matemática real entre la suma de caminos de Feynman y la manera en que un improvisador mantiene abiertas múltiples posibilidades antes de elegir una.
El libro también puede leerse como una intervención en el debate sobre la creatividad científica. Alexander se opone implícitamente a la imagen del científico como ejecutor riguroso de un método fijo. Su modelo es Ornette Coleman: alguien que asume riesgos, que rompe con la tradición no por ignorancia sino por conocimiento profundo de ella, que confía en la intuición sin renunciar al rigor. «Su pasión por las ideas nuevas le proporcionó el coraje para traspasar las fronteras creadas por la tradición», escribe sobre Ornette. Y esa misma frase podría aplicarse a cualquier físico que propone una teoría especulativa sabiendo que probablemente estará equivocada.
Hay también una dimensión social que Alexander no elude pero que tampoco convierte en el centro del libro. Su condición de físico teórico afroamericano en un campo dominado por hombres blancos de clase media no es un dato accesorio. La escena del astronauta visitando su colegio, la insistencia en que la ciencia debe ser accesible a quienes no nacieron cerca de ella, el recuerdo de las «colecciones de problemas y los exámenes rutinarios» del doctorado frente a la libertad de la improvisación: todo eso configura una crítica implícita a un sistema académico que premia la conformidad y castiga la desviación. Alexander no la formula como denuncia explícita, pero está ahí, en cada página, como un bajo continuo.

Valoración final

El jazz de la física no es un libro perfecto. Algunas de las analogías que Alexander propone son más sugerentes que rigurosas, y el lector con formación en física detectará momentos en que la metáfora musical se estira más de lo que la matemática permite. Tampoco es un libro que pueda leerse como introducción a la cosmología o como historia del jazz: asume ciertos conocimientos previos y, en los momentos más técnicos, puede perder al lector no especializado.
Lo que sí ofrece, y lo ofrece con una generosidad poco frecuente, es una manera distinta de pensar la relación entre conocimiento y creatividad. En un panorama divulgativo que tiende a presentar la ciencia como un edificio terminado —un catálogo de hechos que el lector debe absorber—, Alexander propone algo más incómodo y más verdadero: la ciencia como proceso abierto, como improvisación colectiva, como conversación entre generaciones que se responden y se contradicen.
Para el lector actual, el libro tiene una relevancia que trasciende su contenido específico. Vivimos en una época que premia la especialización extrema, que separa las disciplinas en compartimentos estancos, que sospecha de quien se atreve a cruzar fronteras. Alexander demuestra que esas fronteras son artificiales, que la creatividad —en la música, en la física, en cualquier campo— nace precisamente del cruce, de la fricción entre lo que se sabe y lo que aún no se sabe.
Y hay algo más, algo que tiene que ver con el placer puro de la lectura. Alexander escribe con la misma libertad con la que toca el saxofón: sin red, confiando en que la siguiente frase encontrará su lugar. Esa confianza se transmite. El lector no siente que le están explicando algo desde arriba, sino que lo están invitando a una conversación donde no hay respuestas definitivas, solo la promesa de que la siguiente nota —la siguiente idea, la siguiente pregunta— abrirá más posibilidades de las que cerró la anterior.
En el epílogo, Alexander vuelve a Coltrane. No como figura histórica, sino como principio: la idea de que el universo improvisa su propia estructura, de que la conciencia es esa estructura volviéndose sobre sí misma, de que cada acto creativo —un solo de saxofón, una ecuación, un libro— es una pequeña réplica del gesto original por el que el cosmos se inventó a sí mismo. No es una conclusión que pueda demostrarse en un laboratorio. Es una intuición que se sostiene, como toda buena improvisación, por la belleza de su ejecución y la honestidad de quien la propone.





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