martes, 15 de septiembre de 2026

EL INFINITO EN UN JUNCO. LA INVENCIÓN DE LOS LIBROS EN EL MUNDO ANTIGUO, por IRENE VALLEJO

  


EL INFINITO EN UN JUNCO. LA INVENCIÓN DE LOS LIBROS EN EL MUNDO ANTIGUO, por IRENE VALLEJO


El libro como cuerpo vivo: una lectura de El infinito en un junco, de Irene Vallejo

Introducción

El infinito en un junco. La invención de los libros en el mundo antiguo (Siruela, 2019) es uno de esos ensayos que desmienten la frontera entre erudición y placer. Irene Vallejo, filóloga clásica de formación y narradora de vocación, se propuso contar la historia del libro desde sus orígenes materiales —el papiro, el rollo, la voz humana— hasta su consolidación como objeto cultural en Grecia y Roma. El resultado no es un manual de historia del libro al uso, ni una sucesión cronológica de formatos y soportes. Es, más bien, un viaje personal por la memoria de la lectura, escrito en primera persona, con las manos manchadas de tinta y los ojos aún asombrados de quien descubre que detrás de cada página hay una cadena de supervivientes.
El libro obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2020, un reconocimiento que sorprendió a quienes asocian el galardón con obras de corte más académico. La sorpresa, en realidad, dice más de nuestros prejuicios sobre lo que debe ser un ensayo que del libro mismo. Vallejo demuestra que se puede pensar con rigor sin renunciar a la emoción, y que la historia cultural, cuando se cuenta bien, tiene la tensión narrativa de una novela de aventuras.
No hay spoilers que temer aquí: no se trata de una obra con intriga que resolver. Pero sí conviene advertir que este artículo desvela la estructura, los procedimientos y algunas de las ideas centrales del libro, para que el lector sepa a qué atenerse antes de abrirlo.

Sobre la autora

Irene Vallejo nació en Zaragoza en 1979. Se formó como filóloga clásica y ha dedicado buena parte de su carrera a la divulgación del mundo antiguo, tanto en conferencias como en una columna semanal en el diario Heraldo de Aragón. Antes de El infinito en un junco, publicó las novelas La luz sepultada (2011) y El silbido del arquero (2015), además de libros infantiles y una antología periodística. Esa doble condición —narradora y clasicista— no es un dato menor: explica por qué su ensayo respira con la libertad de la ficción y la precisión de la filología al mismo tiempo.
En el propio libro, Vallejo se presenta como «la pequeña marginada del colegio de Zaragoza», una niña a la que su madre le leía cuentos todas las noches, sentada en la orilla de la cama, con una liturgia de gestos y silencios siempre idéntica. Esa escena fundacional —la voz de otro entrando en el cuerpo de quien escucha— no es un adorno autobiográfico. Es la clave de bóveda de todo el ensayo: la lectura como acto de amor, como transmisión física, como herencia que se pasa de boca en boca antes de fijarse en un soporte material.

Análisis y contenido: una historia que se cuenta desde el cuerpo

Lo primero que llama la atención al leer El infinito en un junco es su voz. No es la voz distanciada del historiador que observa desde fuera, sino la de alguien que se sabe parte de lo que cuenta. Vallejo interpela directamente al lector: «Eres un tipo muy especial de lector y desciendes de una genealogía de innovadores. Este diálogo silencioso entre tú y yo, libre y secreto, es una asombrosa invención». Esa segunda persona, sostenida a lo largo de cientos de páginas, convierte la historia del libro en una conversación íntima. El lector no asiste a una conferencia; se descubre a sí mismo como heredero de una tradición que desconocía.
El libro se estructura en dos grandes partes. La primera se centra en Grecia: la oralidad homérica, la revolución del alfabeto, la Biblioteca de Alejandría y la figura de Calímaco como primer organizador sistemático de la literatura. La segunda aborda Roma: la aparición de las librerías, el códice, la censura imperial, la consolidación del concepto de clásico y las voces femeninas que el tiempo ha ido borrando. Cada parte se divide en capítulos breves, titulados con una precisión casi poética: «Homero como enigma y como ocaso», «El drama de la risa y nuestra deuda con los vertederos», «El umbral invisible de la esclavitud», «Añicos de voces femeninas».
Uno de los hallazgos más notables del libro es su tratamiento de la materialidad. Vallejo no habla del libro como idea abstracta, sino como objeto físico que huele, pesa, se deteriora y arde. Describe la fabricación del papiro con detalle sensorial: las láminas unidas, las junturas pulidas para que no tropiece la caña del escriba, los rollos que miden entre trece y treinta centímetros de alto. Y luego, con una imagen que condensa toda su poética, escribe: «Cuando triunfó el nuevo material de escritura, los libros se transformaron en eso precisamente: cuerpos habitados por las palabras, pensamientos tatuados en la piel». El libro es piel. El libro es cuerpo. Y como todo cuerpo, es vulnerable.
Esa vulnerabilidad es uno de los hilos conductores del ensayo. Vallejo insiste en que los libros son frágiles, que su supervivencia nunca estuvo garantizada, que cada ejemplar que llega a nuestras manos lo hace «bordeando el desfiladero de los siglos». La escena de la biblioteca devastada —los escombros, los manuscritos que nadie volverá a leer— se repite como un estribillo trágico: «Cuando un libro arde, cuando un libro es destruido, cuando un libro muere, hay algo de nosotros mismos que se mutila irremediablemente». No es retórica vacía. Es la constatación de que la cultura no es un depósito seguro, sino una cadena de transmisiones precarias, sostenida por copistas cansados, por bibliotecarios obstinados, por lectores que decidieron no dejar morir un texto.
Y hablando de copistas: uno de los pasajes más reveladores del libro es el dedicado a los errores de copia. Vallejo explica que toda reproducción manual introduce fallos —errores de lectura, lapsus por cansancio, traducciones mentales, saltos en el texto—, pero añade algo fascinante: «la personalidad del copista se retrata en las faltas que comete». A través de los errores podemos saber dónde nació un escriba, qué nivel cultural tenía, su agilidad mental, incluso su psicología. El error, lejos de ser una mera corrupción del texto, se convierte en una firma involuntaria, en el rastro humano que queda atrapado entre las letras.
El tratamiento de la censura es otro de los ejes del libro, y Vallejo lo aborda sin solemnidad pero sin ingenuidad. Relaciona la utopía censora de Platón —que en Las Leyes propone una suerte de policía poética que apruebe o rechace los poemas antes de su difusión— con el Ministerio de la Verdad de Orwell en 1984. No es una analogía forzada: ambos imaginan un poder que reescribe el pasado y controla el futuro a través del monopolio de la palabra. Pero Vallejo también señala algo más sutil: que el mecanismo represor más eficaz no es prohibir al autor, sino amenazar a todos los eslabones de la cadena de difusión, desde el copista hasta el librero. Acobardar a los intermediarios basta para silenciar un texto.
En cuanto al concepto de «clásico», Vallejo desmonta la idea de un canon fijo y descendido desde una autoridad indiscutible. Recuerda que la palabra «canon» tiene origen religioso —la selección de textos que las autoridades eclesiásticas declararon de inspiración divina— y que su traslado al ámbito literario fue tardío y problemático. Los clásicos, argumenta, no son estatuas en un pedestal, sino «viejos rockeros siempre en activo» que envejecen sobre el escenario, se adaptan a nuevos públicos, son parodiados, versionados, discutidos, pero nunca ignorados. Su supervivencia no depende de una institución que los proteja, sino de generaciones sucesivas de «enamorados» que deciden, libremente, seguir leyéndolos.
El estilo de Vallejo es, en sí mismo, una declaración de principios. Huye de la jerga académica sin caer en la simplificación. Usa la metáfora con generosidad —el libro como viaje, como tejido, como piel, como partitura— pero nunca la deja suelta sin anclarla a un dato concreto. Intercala reflexiones contemporáneas (Amazon borrando 1984 de los dispositivos Kindle, los decálogos de autoayuda, las redes sociales) con pasajes de Séneca, Marcial, Ovidio o Heródoto, y lo hace con una naturalidad que desarma. Hay humor, hay ironía, hay indignación contenida, hay ternura. Cuando cita a Flannery O'Connor —«quien solo lee libros edificantes está siguiendo un camino seguro, pero un camino sin esperanza, porque le falta coraje»—, está definiendo también su propia poética: la lectura como incomodidad, como riesgo, como intemperie.

Interpretación: una patria de papel para los apátridas

Bajo la superficie de la historia del libro, El infinito en un junco esconde una meditación sobre la pertenencia y el desarraigo. La frase más personal del libro lo dice sin ambages: «La Gran Biblioteca me fascina —a mí, la pequeña marginada del colegio de Zaragoza—, porque inventó una patria de papel para los apátridas de todos los tiempos». Alejandría, con su ambición de reunir todos los libros del mundo conocido, con su ejército de traductores y clasificadores, no fue solo un proyecto político. Fue la invención de un espacio donde la lengua no era frontera sino puente, donde un texto egipcio, griego, hebreo o persa podía convivir en el mismo anaquel.
Esa idea resuena con fuerza en un presente marcado por los nacionalismos culturales y las murallas lingüísticas. Vallejo lo señala explícitamente: «Lo habitual es el olvido, la desaparición del legado de palabras, el chovinismo y las murallas lingüísticas. Gracias a Alejandría nos hemos vuelto extremadamente raros: traductores, cosmopolitas, memoriosos». La rareza que reivindica no es la del erudito encerrado en su torre, sino la del lector que reconoce en un texto extranjero algo propio, que acepta la traducción como un acto de hospitalidad.
Hay también una lectura feminista que recorre el libro sin estridencias pero con firmeza. Vallejo dedica un capítulo a los «añicos de voces femeninas», a las lectoras y escritoras que la tradición ha ido borrando. Menciona a Cornelia, madre de los Gracos, cuyo salón literario fue un centro intelectual de Roma; a Sempronia, que leía en latín y griego; a la hija de Cicerón, «la doctísima». Y recuerda que Ovidio fue «el primer escritor que prestó atención singularizada a sus lectoras». No se trata de una reivindicación anacrónica, sino de una restitución: hacer visible lo que estuvo ahí y fue silenciado.
Otro aspecto que conviene destacar es la relación que Vallejo establece entre oralidad y escritura. Lejos de presentar la invención del alfabeto como una superación lineal de la tradición oral, la autora insiste en la convivencia, en la persistencia de lo hablado dentro de lo escrito. Recuerda que durante siglos se leyó en voz alta, que el texto era una partitura que necesitaba la voz del lector para existir plenamente. La lectura silenciosa —esa que practicamos hoy y que a Agustín de Hipona le pareció un prodigio inquietante al verla en Ambrosio de Milán— fue una conquista lenta, una liberación del cuerpo que permitió al lector viajar sin moverse, escapar a otro mundo sin revelar a nadie dónde encontrarlo.

Valoración final

El infinito en un junco es un libro que justifica su propia existencia. En un momento en que se multiplican las predicciones apocalípticas sobre la muerte del libro, Vallejo responde con datos, con historia y con una terquedad serena: «Un respeto. No subsisten tantos artefactos milenarios entre nosotros. Los que quedan han demostrado ser supervivientes difíciles de desalojar: la rueda, la silla, la cuchara, las tijeras, el vaso, el martillo, el libro». No es una defensa nostálgica ni una negación del cambio. Es la constatación de que el libro, en su diseño básico, ha alcanzado una perfección funcional que no admite mejoras radicales, del mismo modo que la cuchara no necesita ser reinventada.
Lo que el libro aporta al lector actual no es solo información —que la hay, mucha y bien documentada—, sino una forma de mirar. Después de leer a Vallejo, uno no vuelve a coger un libro de la misma manera. Se fija en el peso del papel, en el cosido del lomo, en la tipografía. Piensa en los copistas que se dejaron los ojos reproduciendo esas palabras, en los lectores que las salvaron del fuego, en las manos que las pasaron de generación en generación. El libro deja de ser un objeto transparente para convertirse en un artefacto con historia, con cicatrices, con memoria.
Y hay algo más, algo que trasciende el contenido y tiene que ver con la experiencia misma de la lectura. Vallejo escribe como quien cuenta un cuento al oído, con esa mezcla de urgencia y calma que tienen las cosas importantes dichas por primera vez. Su prosa tiene la musicalidad de quien ha leído mucha poesía y la precisión de quien ha traducido del griego y del latín durante años. No es un ensayo que se lea para aprobar un examen o para acumular datos. Se lee para recordar por qué leemos, por qué seguimos abriendo libros, por qué esa costumbre aparentemente inútil de pasar horas frente a unas manchas de tinta nos resulta tan necesaria como respirar.
En las últimas páginas, Vallejo vuelve a la escena de su madre leyéndole cuentos por la noche. Ahora es ella quien lee a su hijo. El hilo no se ha roto. «Escribo para que no se acaben los cuentos», dice. «Escribo porque no sé coser, ni hacer punto; nunca aprendí a bordar, pero me fascina la delicada urdimbre de las palabras. Cuento mis fantasías ovilladas con sueños y recuerdos. Me siento heredera de esas mujeres que desde siempre han tejido y destejido historias. Escribo para que no se rompa el viejo hilo de voz».
Ese hilo, que viene de Homero y de Safo, de los copistas medievales y de los libreros romanos, de las tejedoras de mitos y de los traductores alejandrinos, es el verdadero protagonista de este libro. Y la certeza de que sigue intacto, de que alguien lo sostiene todavía entre las manos, es quizá lo más parecido a la esperanza que un lector puede encontrar entre dos tapas.






No hay comentarios:

Publicar un comentario