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jueves, 5 de junio de 2025

MEMORIAS,por ALBERT SPEER

  


MEMORIAS,por ALBERT SPEER



Albert Speer, arquitecto de formación y uno de los personajes más enigmáticos del Tercer Reich, nació en 1905 en Mannheim, Alemania, en el seno de una familia burguesa acomodada. Su vida dio un giro radical cuando en 1931 asistió a un mitin nazi en Berlín y quedó fascinado por la oratoria de Hitler, uniéndose al partido poco después. Su talento como arquitecto lo llevó a convertirse en el favorito del Führer, diseñando megalómanos proyectos para la nueva Alemania nazi y siendo nombrado ministro de Armamento en 1942, posición desde la que movilizó la economía de guerra con eficiencia despiadada. Lo extraordinario de Speer radica en su doble condición de criminal de guerra condenado en Nuremberg y de supuesto "nazi arrepentido" que supo reinventarse como el único jerarca que admitió responsabilidades morales, aunque siempre negando conocimiento directo del Holocausto. Sus memorias, publicadas en 1969, son un documento perturbador que oscila entre la confesión calculada y la autojustificación, escritas con una prosa fría y meticulosa que refleja su formación técnica pero que no logra ocultar completamente su complicidad con el régimen más sanguinario del siglo XX.

En Memorias, Speer construye un relato minucioso de su ascenso y caída, comenzando por sus primeros encuentros con Hitler, a quien describe como un hombre carismático y culto, amante del arte y la arquitectura, imagen que contrasta brutalmente con la del genocida histórico. El libro detalla su trabajo como arquitecto del régimen, diseñando las fantasías monumentales que alimentaban la megalomanía nazi, como la reconstrucción de Berlín como "Germania", la capital del mundo que nunca fue. Pero el núcleo de la obra gira en torno a su gestión como ministro de Armamento, donde aplicó técnicas de producción en masa que prolongaron la guerra y costaron millones de vidas. Speer se presenta como un tecnócrata apolítico, obsesionado con la eficiencia pero ajeno a las consecuencias humanas de sus actos, una imagen que muchos historiadores han cuestionado. Las páginas más inquietantes son aquellas donde describe su relación con Hitler, mezcla de admiración y posterior desencanto, y su participación en la Conferencia de Posen de 1943, donde los líderes nazis discutieron abiertamente el exterminio judío, episodio que él afirma no recordar claramente, una conveniente amnesia que ha sido objeto de intenso debate.

Entre las citas más reveladoras del libro destaca su descripción de Hitler: "Era capaz de hablar durante horas sobre ópera y arquitectura con un conocimiento sorprendente, y al día siguiente ordenar el exterminio de un pueblo entero sin mostrar emoción alguna". Esta observación captura la dicotomía central del nazismo como proyecto a la vez cultural y genocida. Otra frase clave es su justificación profesional: "Como ministro de Armamento, mi deber era producir más tanques, no cuestionar para qué se usaban", que ejemplifica su filosofía de la obediencia técnica como coartada moral. Quizás la más reveladora sea su confesión tardía: "En Nuremberg pagué por crímenes que no cometí, pero callé sobre los que sí permití", una admisión velada de su complicidad consciente.

El valor de Memorias reside precisamente en su ambigüedad: es a la vez un documento histórico esencial para entender el funcionamiento interno del nazismo y un ejercicio de autoengaño magistral. Speer escribe con la precisión de un ingeniero pero con la elusividad de un político, creando un texto que fascina tanto por lo que dice como por lo que omite. Su estilo frío y aparentemente objetivo, carente del patetismo de otros jerarcas nazis, hace que su relato resulte aún más inquietante, como si el horror pudiera esconderse tras la fachada de la eficiencia burocrática. Al final, el libro deja una pregunta flotando en el aire: ¿era Speer realmente el "nazi bueno" que pretendía ser, o simplemente el más astuto de todos? La respuesta, como el hombre mismo, permanece en una penumbra calculada.



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